Enseñanzas de un camino incaico

Mirá esas piedras, allá. Juntalas. Una sobre otra. Vas a ver que si repetís el proceso, vas a construir muros. Pero no te rindas, seguí.

Y entonces va a a ser como si los convirtieras en castillos.

Todo esto, igual, con tus pasos. Con tus palabras. Con las líneas de tus dibujos. Con cada día.

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Entonces vas a mirar y escuchar y vivir. Mucho. Tantas cosas.

Dos muros, uno a cada lado del río, son simples paredes. Pero se cansan, se recuestan y se convierten en un puente. Una piedra al lado de otra también traza la posibilidad de un camino. Juntas, son principio y final.

Toda barrera inquebrantable estalla y no queda más que un escombro de viejos prejuicios. Marcar un rumbo propio no implica chocar ni cambiar por completo el caleidoscopio de experiencias. Se trata más bien de escoger uno propio. Elegir el que te devuelva las imágenes que más quieras, los paisajes que te inhalan, los atardeceres que te despiden, las montañas que te esperan. Vos sos tu propia fuente.

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Es un boceto, un respiro más. Podés borrar y volver a escribir. Podes romperlo en mil pedazos para rearmarlo como a un rompecabezas. Volver a salir y sentir el viento como un energizante para dar cada paso como uno nuevo. Sin repeticiones ni playbacks.

Te alejas del nivel del mar y tu respiración intenta acomodarse a la altura y al ritmo de tu caminar. Subís, te elevas. Tus ojos no lo creen, les parece una visión imposible.

– Vamos, Florencia, vamos a la montaña- la voz de tu viejo como un eco; todo un imperativo, un mandato que se te tatuó a los seis años en el Glaciar Le Martial. Tu primera cumbre resuena todavía hoy, ahí, en ese camino. Estás ahí, casi cielo, a miles de metros sobre el nivel del mar. Estás ahí y ya respirás y ya sos altura. 

Cerrás los ojos y tu mente, diapositiva de imágenes, te proyecta veinte imágenes al mismo tiempo, todas montañas, muchos caminos; esa única forma de despertar y sentirte viva: salir y patearY abrís los ojos y no estás en ese glaciar. Estás lejos de ahí, sola. Y no fue el viejo el que te llevó ahí. O sí.  Lo ves subiéndote al auto para escapar de la ciudad.  Sonreías entonces. Y ahora también sonreís. Y ahora sabés: Los fuegos artificiales que encendía el ambiente y explotaban adentro tuyo.

4215 metros sobre el nivel del mar. Warmiwañuska. Punto más alto del Camino del Inca.

El aire puro se hacía parte de tu cuerpo. Ahora lo sabés.

Te habías hecho de relieves. Vos eras entre montañas.

Ahora sin el viejo. Ahora sola. Siempre entre montañas. Recordás el ímpetu con que estacionabas el auto en cualquier parte de la ruta para que la aventura comenzara. Ahora sabes que este peregrinaje te sana. No sabés de qué. Tampoco te importa, ¿no? pero cura.

Para la ciudadela te falta un día y todavía no sabes que esta noche será la más fría que hayas soportado jamás. No sabes que aun dejando la mochila vacía y metida hasta la frente en tu bolsa de dormir no alcanza. Nunca desearías tanto una fogata, un té hirviendo o que vengan a despertarte para salir a caminar. Se te congela el pensamiento, te olvidas de por qué estás acá. Tan lejos. Tan sola. Tan vos. Lo único que deseas es moverte.

Pero aun no llega la noche. Levantás los brazos mientras aspirás todo el aire y mirás al cielo que se esconde tras las nubes por sentir las cosquillas en sus talones. Inhalás como si salieras a la superficie y el naufragio se aleja como un todo imposible.

La niebla y todo el misticismo que pueda despertar con una tormenta.
La niebla y todo el misticismo que pueda despertar con una tormenta.

Y abrís los ojos a medida que exhalas toda esa montaña que subiste, todo ese cielo que ahora estás viendo. Una sonrisa abre la puerta, como antesala de una carcajada que brota con la fuerza de todos esos pasos que diste  y que te hicieron estar ahí en ese momento.

Fiel a un llamado. El imperativo te supera, te saca de cualquier otro atajo. Te entregás a ese andar, a todas las montañas, a todos los caminos.

Acomodas tu mochila y emprendés la ruta que te lleva al último campamento o a vos misma.  Descendés y hace frío y llueve, las piedras resbalan. El bastón es una llave y con ella le abrís la puerta a un resplandor que no se va a agotar nunca más. Entonces te comprendés mejor que nunca.

terrazas rienses

Volviste del camino con la convicción de que asumías un compromiso solo con vos misma: hacer de la capacidad de asombro y la búsqueda de aventuras una forma de ser, un estilo de andar. La rutina pintada de esos colores implicaría cambios constantes, aprendizaje continuo. No importan los lapsos urbanos ni los posibles tropezones. El ritmo, flexible y firme a la vez, va a hacer que vuelvas a las montañas siempre, porque la mejor forma que tenes de expresarte es con ellas, en ellas.

Todos somos montañas, acumulaciones de experiencias.

mochilera florcha

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