Canto lluvioso de despedida en un limbo

Me levanto a las dos de la tarde. Ayer fue viernes y no hay cursada ni finales en los que presentarse de acá hasta el cuatro de agosto. Casi un mes de tiempo libre para usar a mi antojo.

Camino los cuatro pasos  que separan mi cama de la pava eléctrica. Sí, acabo de contarlos. Tiene el agua que dejé cargada anoche y tan solo aprieto el botoncito para que empiece la preparación de mis mates mañaneros. O de las dos de la tarde, que es mi mañana en vacaciones.

Meri se levanta también, no puede creer la hora. Yo sí y por un lado tengo un poco de culpa pero por otro me encanta. Ahora no tengo que levantarme a las siete de la mañana cinco veces a la semana. Me acuesto sin configurar alarma alguna.

Tengo el termo cargado y el mate con yerba, miel y cáscaras de mandarina… (las de naranja se me terminaron, pero tuve una bolsa llena de mandarinas del campo de Chacabuco y he ahí la razón de un nuevo experimento). Vuelvo a cargar la pava porque Meri no toma mate y seguramente quiera hacerse un té.

Ni abro la persiana. Llueve y todo está a oscuras. Prendo la luz del velador y la compu.

–          Bueno, que no está tan mal, ¿eh? Con el día así me dejo dormir más.

Salió del baño con la autorización que le da su propia tranquilidad y vuelve a tirarse en mi cama.

–          ¿Estás segura? – le pregunto, apagando la pava que ya no era necesaria- Mañana a esta hora estás en el aeropuerto. Lo que quieras hacer te acompaño aunque llueva.

–          No, en mi cabeza ya estoy allá. Hoy es un limbo.

Me río. Esta piba tiene ocurrencias más raras que las mías.

–          Como quieras…

Me siento a su lado en la cama y pongo la compu sobre mis piernas. Abro el Face y le mando a una amiga el texto que escribí hace unos días.  Estuvimos leyendo Narciso y Goldmundo, Meri ya lo leyó hace un par de años. Yo todavía no lo terminé. En otra pestaña, búsqueda de Google, “Hermann Hesse”. Aparecen “cerca de 1.030.000” resultados, no es joda. Al costado de los enlaces hay unas cuantas imágenes.

–          Boluda, mirá los ojos de este tipo. No es normal.

–          ¿Desde cuándo Hermann Hesse es normal?- me dice Meri sin despegar la cabeza de la almohada.

–          Es verdad.

Hermann Hesse y los ojos-alma

Dejando a un lado el pedestal que levanté para este tipo desde que tengo 16 años, con sus pros y contras, todo incluido, hay que admitir que su interior se refleja; como si estallara y la explosión se repartiera entre lo que compone a una mirada. Impresiona, me encanta. Primer mundo.

Me voy a la sección de imágenes y el scroll se vuelve mecánico. Me detengo cuando veo una foto de Guardiola. Sí, Pep, el entrenador del Bayern Munich. Mi sensación cómica de absurdo me invita a abrir el artículo, titulado Guardiola, el admirador de Hermann Hesse que le da un toque humanista al fútbol

Combo

Segundo mundo: Pep Guardiola camina por un estadio con libros de Hesse en la mano y lo cita, a veces, para la motivación de su equipo estrella. No es la primera vez que leo o escucho cuánto resalta la forma de ser del entrenador pero nunca se me había hecho tan concreta esa imagen como cuando lo vi dejándose llevar y trabajando en su cabeza las ideas del escritor alemán. “Qué bueno que un tipo con tanto renombre haya masticado todo ese material, porque quizá hoy seamos muy pocos los que leamos a Hesse y nos enganchemos tanto, pero muchísimos lo escuchan a Guardiola y el enganche, fútbol mediante, sirve”, pensaba mientras veía otros títulos.

Y entonces apareció Carlos Salem: “Ojalá no necesitara comer para poder regalar los libros” y entré movida por el interés que me genera el mundo editorial desde que se combinaron algunos factores. “Loca, estás de vacaciones”, me dice una voz interna mientras otra, también interna pero más cercana a mí, responde “sos traga a veces eh, mirá con lo que te estás entreteniendo”, y me guiña un ojo imaginario. Tercer mundo.

–          ¿Me estás cargando?- le respondo a Meri cuando me pide un mate y no puedo creerlo.

–          Que me des uno, en el limbo hago que me gusta.

–          Si encima es mío te va a gustar en cualquier lado

–          Eso lo decido después- dice mientras le alcanzo uno de los primeros. Lo toma mientras pone la típica cara que a todo argentino divierte cuando comparte un mate al extranjero que nos visita.

–          ¿y?

–          Ni en el limbo

–          Qué desagradecida

–          ¿Qué lees?

–          Boludeo más bien dicho. Mirá esto- Meri se sienta y yo acomodo la compu de manera que ambas podamos ver la pantalla.

–          Vive en España

–          Pero es argentino

–          Leí un solo libro de el, brutal, es muy real

–          ¿real?

–          Cómo decirte, no se las guarda, te tira todo en la cara

Yo no quería pasar el día encerrada. Mejor dicho, nunca quiero pasar los días encerrada y hoy, como si fuera el último día juntas, no puede ser así, de pestaña en pestaña, de video en video.

–          Tengo ganas de escribir esto

–          ¿Esto qué?

–          Esto, me parece que se puede escribir algo contando cómo llegamos a este Caros. Pensá que hace media hora no tenía idea ni del nombre, de haberlo escuchado solamente. – le dije mientras ya empezaba reírse por lo que decía.

–          Le faltaría algo. ¿contar cómo abres pestañas y de la nada tienes veinte cosas abiertas?

–          Puede ser… Bueno, depende de la forma- le respondí recordando una máxima de Cortázar sobre los cuentos.

–          Seguro, si la curras bien…

No dijimos nada en ese momento, pero estoy segura de que ambas pensamos lo mismo y yo aun no tenía una historia de por medio que le diera un poco más de interés y que, claramente, Cortázar  y su tratamiento de los temas me queda muy lejos. Pero había una punta de iceberg sumergida.

Meri pega un salto y mientras busca esa ropa que todavía no metió en la valija me tira las zapatillas y dice que en el limbo mojarse es lo más divertido que puede pasar. Dejamos adentro los paraguas y mientras bajamos casi corriendo las escaleras del edificio, tuve en mente que al volver tendría que contar esto. Salimos a la calle y caminamos por Libertador para que Meri se despida, como debe ser, de Buenos Aires.

Aprovecho a escribir ahora, con toalla en la cabeza, mientras ella improvisa una cena que nunca compartimos y canta Perotá Chingo con la espátula en la mano.

– Si espias se te van a pasar los fideos

– Tranquila, pequeña, que a mi no se me pasa nada

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