Mi feliz aniversario viajero

El 21 de julio de 2013 llegué a un Miraflores que me recibía nublado, como toda la capital peruana. Lima estaba ahí, en el suelo que tocaba con mis pies y en el cielo que se escondía por encima de mis ojos.

Miraflores
Se trataba de una pasada rápida, como ese flash en el cine protagonizado por la publicidad antes del inicio de la película cuyo estreno esperabas hace más de un año. Tenía diez días libres y yo quería pasar la mayor parte del tiempo en Cuzco, en el Valle Sagrado de los Incas y en Machu Picchu; no quería edificios ni avenidas.
El vuelo a Cusco saldría el 22 de julio bien temprano, por lo que tenía casi un día entero para conocer Lima; eso incluía dormir ahí una noche.
Lo bueno de esa estadía fugaz es que se volvió, para mi memoria, en una fotografía casi surrealista en la que yo soy una simple espectadora de lo que puede pasar en una ciudad que me es totalmente ajena. Caí ahí sin siquiera haber visto un mapa y en un solo día tuve la suerte de experimentar una de esas experiencias viajeras que tanto escuché de aquellos que viajan a dedo: los contrastes.

Marriot
JW Marriot Lima

En mi caso, esa paradoja se definió entre el taxi que me buscó en el aeropuerto para llevarme hasta el Marriot y el caminar por todo Miraflores buscando la manera de usar los famosos carros (nuestros colectivos públicos); entre un colchón de dos plazas con televisor plasma enfrente y una bolsa de dormir sin aislante en medio de una carpa en los caminos incaicos durante tres noches.

Mis panchos pies
Mis panchos pies

Voy a ser más directa: había planeado un viaje de mochilera a Cuzco para hacer el Camino del Inca como primer experimento de viaje por mi cuenta, sola. Por esas casualidades de la vida, la madrina de mi hermana estaba viviendo en Lima desde hace unos años y pudo conseguirme una habitación en el Marriot. Yo no podía creerlo.
Había gastado los ahorros que juntaba desde los quince años en el pasaje de avión y en el paquete turístico que incluía el pase al Camino del Inca; esa noche a la deriva en Lima se me complicaba y esta invitación me caía casi del cielo, -o movida por las preocupaciones de mi vieja que no puede quedarse callada.

carro
Carrito que cuesta soles peruanos, en monedas

Llegué a Lima un domingo y las casas de cambio estaban cerradas. Yo solamente contaba con dos billetes de cien dólares y no quería gastarlos en algo que no necesitaba solo para andar con cambio encima. En medio de mi indecisión me puse a caminar, de un momento a otro, algo tenía que pasar.

verduleria ambulante
Esto es lo que más pasaba: mandale fruta

Se hicieron las tres de la tarde y hacía más de cuatro horas que daba vueltas sin hacer más que eso. Sí, pude ver un desfile a modo de festejo que después me enteré que era el Corso de Wong de Fiestas Patrias. Será por eso que casi no había autos, pero a todo yo le inventaba la excusa de la fiaca dominguera.

Desfile dominguero, fiesta patria
Desfile dominguero, fiesta patria

Decidí que no podía seguir pasando el tiempo así, sola, sin hablar con nadie y sin saber a dónde ir y, en caso de mandarme, cómo volver. Bajé hasta Larcomar, un shopping que mira al Pacífico y que estaba más atestado de gente que las calles donde se hacía el corso. Encontré que podía pagar una visita guiada por el centro histórico con una entrada al Circuito Mágico del Agua, en el Parque de La Reserva (famoso por romper el récord por la mayor cantidad de fuentes de agua -tiene 13-en un parque público). Y entonces me dije por qué no, ya estás acá y algo tenés que hacer. Era mejor que quedarme encerrada en el hotel. En los carros no podía viajar porque no tenía manera de conseguir monedas, nadie me cambiaba los dólares.Y mi plan turísticamente convencional, sin embargo, valió la pena, lo que yo quería era ir hasta el centro histórico y volver sin perderme.

Pagué ese servicio turístico y eran las tres y media de la tarde. La salida del colectivo turístico era a las 18:00hs asíque di unas vueltas más por el Shopping de manera automática, sin mirar nada ni a nadie. Tampoco nadie me veía a mi, pasaba muy desapercibida frente a todos esos ojos hipnotizados por las vidrieras. Lo que me gustó mucho de ese lugar fue que estaba al aire libre y con terrazas al mar, es decir, nunca me sentí encerrada. Sin embargo, al rato me aburrí y fui al hotel a hacer tiempo. Terminé durmiendo siesta -impensable en mí- hasta que sonó la alarma y bajé a encontrarme con la gente en el Parque Salazar, con quienes pasaría esa noche apenas sabiendo sus nombres y que venían unos de Mar del Plata, otros de Chile y una pareja de la ciudad de Piura.

Palacio de Gobierno
Palacio de Gobierno
Túnel de agua
Túnel de agua

laberinto de agua

Así fue que disfruté de la ciudad de noche. Me fui prometiéndome que, de volver a Lima, le dedicaría más días a caminar sus playas y conocer mejor sus demás barrios y que esa próxima vez no sería sola, porque me aburría. Y también porque quisiera sacarme de encima esta sensación de ensueño que me invade cuando, por ejemplo, recuerdo el parque de agua o cuando pienso en los fuegos artificiales que explotaron en el aire justo cuando pasábamos con el colectivo por una plaza rumbo al centro histórico.

Flores del cielo nocturno
Flores del cielo nocturno
A la vuelta del tour, con la luna en la punta.
A la vuelta del tour, con la luna en la punta.

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