365 días después…

Cuando volví de Perú (30 de julio de 2013), me esperaba la ciudad donde estoy estudiando –Buenos Aires- y mi familia -mis viejos y mi hermana se habían ido a Brasil y volvían de sus vacaciones para volverse al frío del Canal de Beagle en un par de días. Salí del aeropuerto con ellos y respiré un aire alentador y, a la vez, diferente al que me recibió cuando me fui de Ushuaia en el 2011  para empezar la facultad.

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Al principio no supe qué hacer y ya no me acuerdo qué pasó. Ese no es el tema de todo esto. Sigo alargando las cosas que tengo para contar, como desde el martes, cuando me dije que tenía que escribir sobre “la vuelta del viaje”.

Compañeros de campamentos en el Camino del Inca. Amigos del viaje.

Voy al álbum de fotos de esa segunda mitad del 2013 y el título de la carpeta es “rutina, me cansaste”. No fui a la carpeta llamada “Perú-todavía-nolocreo”. Sí, rotulo con sentimientos a mis carpetas de fotos. Y lo que vengo pensando desde hace dos días cada vez que me siento en la compu es: “Complicado, el temita sorteado”. Hoy puedo hablar sobre el después. Y ahí aparecen fotos como estas:

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Mucho andar tirada. Mucha panchedad de no sé donde. ¿Será que de tanto respirar el Camino del Inca se me activó un chip que me haría percibir muchas cosas un tanto distintas? Esa misma percepción, ¿me sentenciaría a no ser la que era antes del viaje o a aceptar que lo que tenía/era antes del viaje me recibiría con nuevas condiciones? Dos preguntas largas pero necesarias.

También dibujé mucho:

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Hoy se cumplen 365 días de esa vuelta y en esas 8760 horas no solo cambiaron la rotación de la tierra y las estaciones del año. Yo cambié y sigo en una transmutación que me es difícil de explicar. Casi camaleón a tiempo completo, pero no tanto. ¿Será que todo se aprovechó de mi corta ausencia para no recibirme como estaba cuando me fui? Lo cierto es que, más lentos o más rápidos, con más o menos giros, hace un mes o hace seis o apenas volví, todos los ladrillitos que tenía bien firmes se pintaron de otro color o cambiaron de material. No se me derrumbaron las paredes ni se me cayó el techo, pero ya nada es igual a lo que era antes de mi viaje. No sé si yo nunca volví o si la gracia era que al volver encontraría todo distinto. O ambas cosas a la vez.

Estudié mucho
Estudié mucho

“Sometimes the world can make you feel
You’re not welcome anymore
And you beat yourself up
You let yourself gettin’ mad
And in those times when you stop lovin’,
That person I adore
You could relax
Because babe, I got your back”

Mi hermana escribió esta parte de una canción en una foto que tenemos juntas. Al leerlo de nuevo, entiendo un poco más toda esa oleada que significó volver: tuve que volver a mí. Y sigo volviendo.

Puedo poner algunos ejemplos concretos, pero no significan nada comparado a lo que me pasa todos los días, al cambio semana por semana.

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Terminamos el partido
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Nos mudamos
Dibujamos mucho
Dibujé mucho
Estudié más
Estudié más

Me pregunto si los caminos que tomé después del Camino del Inca habrán sido desviaciones, atajos, o si en realidad ya los había trazado, de algún modo, sin saberlo. Cuánta espontaneidad hay en los pasos que estoy dando, cuán grande será el cambio de los giros que empecé a dar –enredándome y todo-, cuánto crecí, cuánto dolió –si es que lo hizo-, cuánto me reí – y sí que lo hice-. No sé. Hoy no tengo respuestas, solo ganas de que ese Camino sea infinito. Viendo desde acá a un año atrás, veo que estuve dispuesta a recibir los obstáculos que vinieron. Los tomé como decoración de mi entramado inestable de pasos irrefrenables, casi espontáneos: como mi sorpresa para con lo que voy conociendo y aprendiendo con todo y todos los que se me van cruzando, los que llegan y los que se alejan, los que ya no veo y los que fui conociendo, los que llegaron para quedarse y los que estaban para irse.  Como si fueran parte de un juego en el que se me está permitido, a veces, mover las piezas. Pareciera ser que todo lo nuevo arrancó, en parte, por acá:

malba

gente

Y pareciera ser que desde esos momentos mi cabeza no hace más que amoldarme a su antojo, que es el de andar con experiencias nuevas y escribir sobre ellas. Se me complica publicar esta entrada o hablar sobre esa vuelta. Hay cosas que todavía las estoy procesando y de muy pocas puedo dar explicaciones “contundentes” o persuasivas –y eso que no tengo que convencer a nadie de nada, solo a mi espejo.

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Es como si el camino hoy no tuviera ruta ni marcas y yo me agarrara de un parapente para ir con el viento hasta las cumbres que este me quiera llevar. Y sí, después, a bancarse la bajada. Pero sabiendo que en la próxima voy a dejarme llevar de nuevo, hasta otra. Porque toda montaña tiene algo para decir, y de cada vuelo podemos decir algo de nosotros mismos.

Y así
Y así

Siempre soltando un poco para poder volar más alto. Siempre agarrando otro poco para no olvidar qué quiero al final de todo -y también porque el lunes ya cumplí mis 21 y ya me imagino leyéndome dentro de un par de años, descubriendo que hice lo que tenía que hacer en los momentos que tuve que hacerlo.

Volvimos a Ushuaia

Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas,
se paró el aguacero ahora somos flotando dos gotas,
agarrado un momento a la cola del viento me siento mejor,
me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor.

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