Manifiesto para no acomodarme

Quizás, de reacomodarte los espacios saturados, no encuentres más frases como esta

(así que no lo hagas, no ordenes).

Si te palparas las piernas hasta sentir que están fijas al suelo,

que no caes,

que no volas,

que estás ahí, parada.

Casi entera.

¿Qué te dirías?

¿Qué harías?

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Casi-vos, como cuando todo se trataba de sacudirse un poco

Y saludar a la gente que llegaba todas las mañanas de la semana al mismo lugar.

O como cuando respondías “te espero” a cualquiera que te dijera “te paso a buscar” y te tiraras en la cama convencida de que esos vaivenes eran los mejores regalos que podía darte un instante.

¿Te entenderías? porque de tanta falta cargada de tanta noche larga te olvidaste de juntar todo lo que estabas viviendo mientras pensabas que en la rutina no se vive.

Y no procesaste nada y te despertaste, después de la tormenta del insomnio, acá, frente al espejo que no te refleja.

Ausente de vos y ausente en el mundo que era tuyo.

Lejos de todo, en caída libre,

estás inmersa en la paradoja de un vacío que explota

entre tus propias voces.

Te chocás contra una hoja en blanco que no quiere llenarse,

como si no quisieras levantar el papel carbónico para ver el dibujo que salió del juego de tus muñecas danzando con tus dedos,

mientras sostenían una lapicera con tinta que desbordaba palabras.

Perdida entre las palabras que no estás dejando escritas, pero pulverizada por el motor que las hace explotar en tu mente y las llama historias. Impulsada por un motor que no es el tuyo, que no tiene nada que ver con el que te expulsaba las piernas, esas que aguantan todo el trote que quisieras imponerles.

Es un motor distinto, más bien paralizante,

casi complementario,

casi tuyo,

que te ahoga en la esquina y te suplica que vuelvas.

Que vuelvas…

Volvé y ponete a escribir, aunque la primera media hora no hagas más que dar diez pasos, ida y vuelta, que hacen al punta a punta de tu monoambiente, en espera de ese flujo mental que te va a retorcer los dedos golpeados contra el teclado. Aunque incomode, no te acomodes.

Nido de historias o un bulín en el que convertís cada metro cuadrado que te soporta jugando con las palabras en un terreno baldío, cuyo espacio está secretamente guardado a las letras, “porque te sientan bien”, según Dani. Y crees que quizás tenga razón, que te saliste de la sesión con dolor en los pómulos por la sonrisa sin pausa que te dejó en evidencia con vos misma.

Y contra semejante manifestación no hay excusas.

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