Guiando a un filipino en el fin del mundo

Esa tarde bajé caminando al centro. Mi casa estaba en la ladera de la montaña y por las ventanas del frente siempre se asomaba la vista del Canal de Beagle. Como una postal o una acuarela. De mi casa al centro -o de la montaña a la costa- el camino era irregular. Por más veredas y calles marcadas, el relieve invitaba a que el descenso fuera algo abrupto pero lleno de emoción. Y no hablo de grandes distancias. Una tarde tomé el tiempo. En 17 minutos estaba sobre la Avenida San Martín, a una cuadra de la Casa de Gobierno. En auto, quizás, lo hacías en 10. Pero tenías que encontrar un lugar para estacionar y eso seguramente te alejaba del centro. Así que era lo mismo. Además, ir caminando –a cualquier lado- me enseñó que mis piernas no son solo un objeto a tostar con el sol de verano, por más placentero que el solo hecho de hacer eso pueda parecer.

ushuaia

-¿Do you know how to get to the jail?- sentí que el chico que había pasado a mi lado  se detenía y que me hablaba a mí. No había nadie más en la calle, excepto por quienes pasaban en sus autos. Me hizo reír, se refería al Presidio, o ex presidio, ya que cerró como tal en 1947. El lugar, declarado Monumento Histórico Nacional en 1997, había sido la cárcel del fin del mundo, conocida por recluir a los presos más peligrosos y reincidentes del país. En sus pabellones se recrean las habitaciones de los presos y hasta se pueden encontrar estatuas de estos. Durante los dos primeros años que viví en Ushuaia, todos mis familiares vinieron a visitarnos en épocas del año distintas y la visita al presidio era tan obligatoria como tortuosa. Me daba miedo todo el edificio. Hacía frío –los presos eran trasladados hasta lo que hoy es el parque nacional para cortar árboles y conseguir troncos que sirvieran de calefacciones- y cuando una vez quise ir al baño me di cuenta de que hasta eso se había preservado, es decir, que no había y me tuve que aguantar. Sumado a la estatua del Petiso Orejudo con un hilito entre las manos y restando las maquetas de barcos, en especial la del (nombre del barco en el que papá viajó a La Antártida), el lugar no me divertía. Diez años después de eso, alguien me preguntaba cómo ir hasta ahí. Recordé que vivía en una ciudad turística que atraía gente de todo el mundo y que, en mi despertar cotidiano entre montañas, se me olvidaba.

Sí… tendrías que subir una cuadra más, agarrar para la izquierda y caminar unas seis más pensé en una milésima de segundo. Ahora tenía que traducirle.

Ush-cerrodelmedio

-I can show you- le dije mientras empezaba a caminar en dirección contraria a la que iba.

Lo acompañé hasta el presidio y fuimos hablando sobre su vida como filipino empleado en los cruceros turísticos. Hacía cuatro años que lo hacía y le parecía muy cómodo que en los lugares de destino los locales hablaran inglés, porque ese era el único idioma que él manejaba, a pesar del multilenguaje que podía encontrarse abordo. Tenía veintiocho años y esa era la forma que había encontrado de recorrer un poco el mundo. A mí me llamaba la atención ¿no quería hacer más nada? ¿planeaba trabajar en un crucero toda la vida? ¿no se aburría? ¿qué haría si volviera a Filipinas? ¿Y si se quedaba en otro lado? ¿y su familia? ¿estaba peleado, los extrañaba, se había cansado, no lo querían, la había perdido? En fin, era como un paquete de figuritas sin abrir. De ver cuáles tocaban, podría haberme encontrado con planes repetidos, ya escuchados, muy normales, los que todos tenían. Y no quería hacerlo. Preferí no hacer preguntas, no enterarme. De ahí en más, en cada persona que conozco aplico la misma analogía. Mis favoritas son las que traen muchas figuritas nuevas. Sin embargo, todas vienen con algo repetido, común a todos. Es la cultura, el idioma, el género, “las ganas de…” y, por qué no, los sueños.  Casi en la esquina del lugar me volví. No hacía falta dejarlo en la puerta. Me agradeció la compañía express y me alejé. Agradecí haber estado estudiando ese año para rendir el First (FCE) y me dije que el mundo era demasiado grande como para pensar en no salir a conocerlo.ush hamaca

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Joseph dice:

    I like it! I hope the fillipian has enjoyed the touristic jail of Ushuaia…keep writting, i could read all it! Go on Florencia!

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