Brazos de tierra protectores

Estaba sola, era el tercer o cuarto o quinto o décimo día seguido que vivía en una inercia de repeticiones sin sentido. Cada semana caía así. El efecto venía al por mayor y sin fecha de vencimiento. Veía uno de los valles desde mi lugar secreto y favorito, alejado de la ruta, sin entender nada. ¿Por qué estaba enojada en cualquier lado que no fuera ese? ¿Por qué no quería saber nada del colegio, de mis amigos, de mi familia? ¿Por qué me bastaba con agarrar el auto y poner la música al sonido más fuerte que me permitiera el celular para dar vueltas y vueltas? ¿Por qué miraba a las montañas y en mi garganta se hacía un nudo?

lugarfav

Me llevaba a todos lados por compromiso. Esa era la relación que tenía conmigo. Escindida completamente. No en lado bueno y lado malo, digamos, como tenemos todos o lo que sería “algo normal”. Escindida en el sentido de no poder reconocerme ni de querer hacerlo. Perdidísima de todo, y de mí como primer punto.
Lo que acabo de escribir no fue lo que pensaba…

Fue una punzada, una lanza que me atravesó en un microsegundo.
Y la idea.
Hasta la imagen. El dónde, el cómo.
La casi absoluta convicción.
Lloré.

Sola, acostada encima de mi campera impermeable, con el sol reventándome en el cuerpo mientras rebotaba en la poca superficie de nieve que quedaba en las cumbres de la montañas y el valle congelado.

Lloré y sonreí a la vez. Pero las lágrimas aparecieron en mi cara como si fueran un rasgo permanente, como si siempre hubieran estado ahí.
Una idea. Una salida. Una forma de parar… para siempre.
No era una espiral de escaleras. Era un torbellino en forma de grito ahogado. En el giro, sonreía por la liberación que sentía de solo pensarlo pero también me obstinaba en descubrir de qué tenía que liberarme yo, a los 18 años.
Y, a pesar de todo, estaba la respuesta ahí. Era cuestión de agarrarla y hacerla mía, olvidarme de todo, irme. Irme de todos lados, no estar en ninguna parte. Sonaba fácil.

caigoenelbosque

Pero el bosque entero o la vista de un cielo partido por las ramas de los árboles, me dijeron que parara un poco.

– Calmate y mirá bien

Y sentí que de la tierra salían brazos para protegerme y ellos me convencieron: “tenes una oportunidad, salí de ahí”.

De repente veo todo un poco más claro que antes y me sacudo el miedo. Vuelvo al mundo y veo cómo acomodo lo poco que tengo que acomodar. Vuelvo a donde me parece que tengo que estar.
Los brazos de esa tarde, desde entonces, me alejaron de la idea por un rato, aparecieron justo a tiempo: personas, lugares, oportunidades, relaciones, viajes…

¿Y ahora? Hay un mundo entero que puedo pisar y no voy a perderme de él solo porque una parte mía no sepa despegarse de sí. Esa tarde elegí caminar como a quien se le termina el tiempo. Y vinieron muchas cosas.

Pasaron tres años de eso.
Y vinieron y se fueron muchas cosas.
Siento que corrí mucho. Pasé volando. Literalmente, salí a correr casi diariamente durante tres años y hace poco me detuve. Me hacía tan bien, TAN bien. El tiempo no me absorbía a mí, cada una de mis pisadas lo absorbía a el. Y toda la hecatombe de antes, ahora, me consume mientras me convenzo de que es por un rato y que ya voy a volver a ponerme las zapatillas (por no decir pantalones) de mi relación conmigo.

arbolesrajandoelcielo

Sigo tropezando, es recurrente. Sé de memoria el discurso que hay que darle a esa Floren que se quiere mucho y no se banca cuando las cosas salen mal y tira todo abajo. Sé de memoria, y me canso cada vez más de repetir.

Y la idea ahí.
Por que a veces me agarra y me acuerdo.
Hoy, volver sola al departamento es volver de la vida para encerrarse como si cada evento exterior tuviera su reloj de arena. Y los granitos caen como en diluvio cuando vivo y llega un recordatorio del tiempo diciendo: se terminó. Como si estar sola entre cuatro paredes no fuera vida, como si en el encierro me cayera. Y es asi, me caigo. Por eso hay que invadir casas de otros o alargar las noches.

La salida para huir del juego se convierte en cuatro paredes que me hablan.

Busco más puertas, porque todavía hay para abrir. No se termina acá.
No puedo terminar acá.
Pero esta noche no duermo… esta noche se alarga como tantas otras.


Tenía que sacarlo. Porque esa tarde hace de bisagra en lo que soy. Y es importante saber quiénes somos, por más confuso que pueda resultarnos todo nuestro alrededor cada tanto -esa confusión no es sino interna.

Escribir es otra forma de liberación que encontré estos años y sirve para buscar/encontrar(me). Acá estoy de nuevo.

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