Pregunta abierta

F: La emoción se entreteje absorbiendo tus pasos. Redirigiéndote al alba, vas con las nubes que amanecen al compás de la montaña. Un rugido espera la impaciencia de las voces escondidas en el bosque. Es una boca hecha llamarada de gritos y la mirada atenta. Las huellas inconfundibles y tu respirar lento al costado del mundo. Fuera de el te asomas y plantas bandera. No hay espacio para tu ansia, no hay manos que se entierren como lo hace un beso. Y, sin embargo, ellas recorren mientras ellos sellan. La emoción se vuelve letras…

zorro

C: Y las letras me anuncian la textura de tu piel que se esconde entre los troncos que lloran con cicatrices porque decidiste partir. Irte lejos de las flores que te regalaron su nombre y te dieron raíces. Pero el bosque, igual que tu beso, apeló tu cuerpo en un lamento y , a gritos mordidos, tu gesto de duende se convirtió en sirena. Cambiaste las alas por la cola y le pediste a la luna llena que te meciera en las noches de nostalgia. Le rogaste que regalara tus lágrimas a las flores que pasan sed. Ella sabía que querías irte pero permanecer en ellas; seguir sintiendo la caricia de sus pétalos en la curva de tu ser. Tú necesitabas que te envolvieran y los árboles se perdían y no conseguían guiarte. Así que decidiste usar tus alas por última vez y volar hasta el mar. Necesitabas empezar a recibir, tus alas estaban desgastadas de dar y tu llanto ya no resonaba en el latir de la tierra. Así que después de mecerte le regalaste tus alas a la luna y le pediste que te guiara, como una marioneta, hasta el mar. La luna te alargó las pestañas. Temía dejarte sin alas y pensó que, de este modo, podrías seguir volando. Le pediste cola para bajar a lo más profundo y sentirlo encima, a el, al mar.

arena y playa

F: ¿Quien se encargó de limpiar este suelo?¿De dónde vino el diálogo de magia? Nadie sabe si fuiste mi sueño o una lluvia de esas que tienen lugar en los viajes de rutas interminables. Cada vez que el sol se filtra entre las hojas y rompe todos los techos, hay un temblor lejano, cargado de tiempo, que me habla de entonces… y yo escucho, sentado, con una taza de té que hierve y me interpela: ¿Cómo no recargarse después de tener al viento entre las costillas? ¿Quién dice que no vivo, si somos la mecha que enciende las llamas y la fuerza con que todo cambio deja una huella? Exista o no la luna, puedas o no anunciarte frente a la tormenta o calmes la sed en toda garganta, tu vuelo no tiene fin; es el as bajo la manga de las olas y quedó imantado a esa especie de eternidad que llegan a tener los recuerdos.

C: Ahora sí eres sueño, mujer. Y aunque sé que un día fuiste duende que regaló sus alas y después sirena que se perdió en el mar, siempre serás en mí, respuesta.

 

Autoras: Clara Adell (C) y Flor Ferretto (F)

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