Antes de los viajes escribo más.

Cambio.
Efecto del movimiento
del no estoy más
donde antes
ni estoy donde voy
a estar después.

En viaje
desde la previa
con la incertidumbre
y la espera
avanzando.

Cambio.

No hablo durante un viaje
no me escucho
me impregno.

Tanto movimiento
después se hace piel.
Vibración.
Puertas abiertas.

Pasas por los lugares o los lugares te pasan.
Ambas.
Confundirse está bien.
Replantearse
todo está
bien.

Viajé.
Y vuelvo
sin escribir no puedo
seguir moviéndome.

dsc00617
Santander. Ph: O.M.

Lo que se moviliza desde el cuerpo antes de un viaje no tiene nombre.

Exijo la invención de una palabra para nombrar a una mezcla de entusiasmo, espera, apuesta e incertidumbre.

Hay un puro fluir de los sentidos. Sí, te dejas ir y lo sabés.

El antes y el después de un viaje son difíciles de aunar. No es la misma persona la que fue y la que vuelve. Hace 6 meses que volví de Barcelona. La misma cantidad de tiempo que pasé allá.

Nunca viví tan intensamente como entonces -cuando pensaba que lo había hecho.

Nunca me había pasado que cada día realmente implicara algo único.

Nunca se me había ensanchado tanto la experiencia.

6 meses después sigo teniendo flashes diarios sobre situaciones random en esa ciudad, en la facultad, en el estudio donde trabajé, en los pisos compartidos, en la calle, en otros viajes que hice por alrededores -por falta de tiempo no llegué a salir de España pero sí estuve dando vueltas por otros lugares de ese país.

Fue un viaje de intercambio porque el motivo principal era ir a terminar mi carrera. Con frutillas para el postre: un idioma nuevo, una relación, una ciudad nueva, tiempo para mí, una ruptura, viajes internos, nuevos amigos, un nuevo laburo, gente nueva, armados de mochila y escapes findesemanales a donde pinte. Fue un viaje de voy-a-intentar-quedarme-más-tiempo. Fue aprender a no forzar nada. Fue aprender a escucharse. Si no te podes quedar, te vas.

6 meses después empiezo a sentir que puedo sentarme a escribir algo sobre tanto. En el durante no podía poner en palabras nada de lo que me atravesaba. Ni durante ni ahora, las palabras no me alcanzan. Pero al menos ya me siento  a escribir. Aunque desconfío. Desde este viaje desconfío de la escritura porque en ella construimos voces o dejamos que se expresen voces como si siempre tuviéramos el control de, precisamente, lo que se está expresando. Y, lo que escriba o no, implica y afecta. A veces te representa y otras no. Escribir durante el viaje solo me trajo confusión.

Aprender a dejarse ir. En modo-viaje cada minuto cuenta. Y escribir te ralentiza. Stop. Stop. Stop. Cuando lo mejor que hice fue acelerar. Salir y vivirla.

Explicar sentimientos, aclarar ideas escribiendo hizo por un lado, que en un punto fuera irreconocible para mí misma. Por otro, que me animara a ser quien siempre quise. Y ese encuentro conmigo es como una ducha helada en verano: la felicidad del día.

Llegó un punto del viaje en el que dejé de “escribirme” para empezar a escucharme. Me encontré con puertas mejores que las que había imaginado.

Tengo imágenes que pueden hablar de los lugares mejor que yo. Porque yo pasé por ellos pero ellos me atravesaron. Y pueden mostrarse por sí solos.

Ahora renuevo, como hago cada enero desde hace dos o tres años, mis publicaciones en este blog que, lo haya buscado o no, siempre me habla del movimiento y me deja un registro de los pasos que dí.

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