Recuerdos de la Costa Brava, parte I.

En enero llegan las 6 de la tarde sin luz. El frío encapsula el cielo y las calles están vacías. Días de impasse entre mi llegada a Barcelona y mi ocupación del piso me dejaron aterrizar de a poco y, más que nada, conocer la Costa Brava.

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Blanes fue un puerto. Es la primera ciudad de la Costa Brava, si se toma como referencia la entrada desde Barcelona por la autopista C-32 (cobra peaje, creo que de los más caros de toda España, y está concesionada por Aucat, una filial de la corporación Abertis).

Otra forma de llegar a Blanes desde Barcelona es con el R1. Es un tren de Rodalies de Catalunya que va bordeando el Mediterráneo. Entre otras cosas, te arrima a playas nudistas llenas de viejitos arrugados y gente que madruga por la costumbre de despertar con el mar.

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La primera semana antes de ir a vivir a Barcelona Clara me llevó de excursión: nos levantamos temprano, armamos “bocatas” para los almuerzos en la ruta, pensé música para el auto, escuché muchas conversaciones en catalán, vi las primeras callecitas-callejón europeas, dimos vueltas con el auto sin saber cómo salir de algunos pueblos, saqué fotos, filmé -muy amateur- el viaje.

Una hora después de dejar Blanes, nos bajamos del auto en Palamós. Pasamos de la Comarca de la Selva a la Comarca de L’Empordà (en catalán). Los carteles en la ruta contribuyeron a que me sintiera personaje de una película épica: no paré de leer nombres que solo parecían indicar lugares de ficción.

Caminando por el casco histórico de Palamós encontré una madera tallada colgada de una pared. El dibujo era de buzos en el fondo del mar. También vi cerámicas pintadas. Las escenas eran de hombres muy ocupados tomando y unas señoritas bailando juntas (se pueden ver en el video). Tomamos “cafelitos” en las terrazas de un bar con fuego al lado de las mesas y después nos fuimos.

En Begur subimos a una fortaleza. Es un pueblo que está entre montañas que terminan metiéndose como brazos en el mar. La playa es de arena y se forman calas. Están tan alejadas del centro que ese día no las vimos.

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Estacionamos el auto y antes de meternos en el casco histórico invadimos el baño de un restaurant. Caminando por ahí vi más Esteladas que gente. Son las banderas no oficiales, independientes, de Cataluña. Tienen líneas rojas y amarillas y un triángulo azul con una estrella blanca. O, en otra versión, solo líneas amarillas y rojas y una estrella roja. Cuelgan de las ventanas como viejitos que chusmean al vecino cual testigos mudos de un pueblo en el que no pasa nada.

Antes de volver al auto para seguir ruta almorzamos los bocatas. Me parece que eran de atún, tomate y algún queso que compramos el día anterior.

Tomamos rutas no-tan-equivocadas que me dejaron conocer un poco la parte más agreste del interior de la Costa Brava. Y ahorramos en peaje. Llegando al pueblo de Rosas nos desviamos para llegar a una ruta infinita que parecía una serpiente agrisada. Tenía que tragarnos primero para dejarnos en Cadaqués después.

La otra opción era contratar un velerito e ir por mar.

Por tierra, el camino es muy angosto y tiene mucha curva. Me hizo acordar un poco al Paso Garibaldi que está en la ruta 3 entre Ushuaia y Tolhuin. Solo que más largo. Y le faltaba el Escondido en primer plano y el Fagnano más atrás como parte del paisaje.

Llegamos para la hora en la que habría tomado mates. No me acuerdo si ese día llevé. Caminamos por las callecitas surrealistas de Cadaqués y nos sentamos en el patio de afuera de una iglesia que está elevada sobre el pueblo. Nos quedamos ahí mirando los techos de tejas naranjas y yo seguí filmando.

Artistas como Dalí o Picasso frecuentaron el lugar. Tanto que Dalí armó una casa en la que vivió con Gala hasta que ella murió. Está a 10 minutos de Cadaqués, en la Bahía de Portlligat. Con Clara intentamos entrar pero estaba todo cerrado. Es una casa blanca, parece laberíntica, con entrepisos. Tiene un huevo gigante en el techo, como los que tiene el Museo de Dalí en Figueras.

Apuesto a que Dalí salía atravesado por las piedras de esa costa. Inspiración para cuadros surrealistas o búsqueda de material para sueños no le habrá faltado estando ahí. Fue la sensación que me dio el lugar.

Más tarde casi salimos volando en medio del viento del Cap de Creus.

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Faro del Cap de Creus.

La vuelta nos agarró de noche. Nos perdimos de nuevo en la rotonda de un pueblo y volvimos por una ruta que no habíamos tomado. En Blanes nos esperaba el papá de Clara para cenar y era mi oportunidad para probar el seitán.

Esos días no escribí nada. Lo que cuento acá son algunas cosas que se me vinieron a la cabeza estos días. Aunque no me acuerde de las fechas precisas, supongo que puedo decir que hicimos esto hace un año.

Nuestra percepción del tiempo y del espacio depende de las experiencias que hayamos tenido recorriendo o no el resto del mundo. Hayas viajado por más de 10 países o no hayas salido nunca de tu ciudad, la geografía sedimenta, a su manera, tu experiencia. Se vive en el relieve y el relieve nos hace vivir.

Algunos que vivieron toda su vida ahí me dijeron que conocí la zona, en unos días, mejor que ellos. Sí, vimos y anduvimos un montón ese día. Según las indicaciones de Google el viaje sería de unos 312km y te calcula que lo haces en 6 horas. Pero nosotras habremos hecho unos 400km o 500km en total y por eso también tardamos más. Creo que en ir y volver hicimos 8 horas, mínimo. Sí, nos perdimos en los pueblos, hicimos bastantes paradas para caminar, tomamos otras rutas internas para zafar de los peajes. Pero también improvisamos – que yo lo prefiero-. Si el viaje no es el recorrido en sí no sé para qué se viaja.

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La siguiente vez que fui a caminar esa costa del Mediterráneo fue en junio a 30 grados de temperatura, con mochila y los brazos ardiendo por el sol, haciendo dedo y  armando carpa, hablando espanglish improvisado, tomando vino y cervezas con limón.

Es otra historia que merece contarse en otra entrada.

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