Lluvia y vino en la playa de Santander.

Mientras un tren de Barcelona a Blanes o a Sitges te sale entre 6 y 10 euros (2016), viajar en auto compartido puede salirte entre 3 y 5, dependiendo de la anticipación con la que te metas a tu cuenta de Blablacar.

Y la alternativa de viaje gratuito se abre la puerta tras dar tres pasos básicos:

  1. buscar el spot donde hacer dedo,
  2. levantar la mano y
  3. esperar a que llegue la alfombra mágica.

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El viernes 10 de junio rendí el último final de mi carrera. Unos días después, O. me contó que al terminar sus finales se iría a dar unas vueltas por España y que lo haría a dedo. Le dije que podría sumarme al viaje durante los fines de semana y más si había alguno largo. Para Sant Joan, 24 de junio, reservé un lugar en Blablacar hasta Bilbao y de ahí hice dedo a Santander. O. iba desde Toledo, yo desde Barcelona.

Bajé de mi piso en Grácia con la mochila en la espalda y la bici que podía usar desde que Pau me prestó su tarjeta de Viu Bicing. Pasé por L’Eixample y fui hasta Sants. En la esquina de la estación me encontraría con M., un chico de blablacar. Mientras esperaba a que apareciera, me dieron ganas de meterme en la fiesta que estaba viendo, de entenderla:  a mi alrededor los vecinos preparaban tablas largas como mesas y se sentaban todos juntos en medio de la calle, vi muchos nenes jugando con fuegos artificiales, otros bailando alrededor de hogueras hechas con nunca supe qué. Me quedé sentada mirando hasta que apareció el auto de M., al rato paramos en Lleida donde subió otra chica que era de Londres y nos fuimos a Bilbao.

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Ropa marinera en Santander – Foto de O.

Con O. no apostamos a ver quién llegaba primero a Santander porque era muy probable que yo lo hiciera. La zona de España en la que andaba dando vueltas O. estaba siendo dura a la hora de levantar gente en la ruta y no tenía forma de calcular el horario exacto. En cambio, una vez en Bilbao, a Santander yo tenía unos pocos kilómetros y la gente iba de una ciudad a otra con frecuencia. Bordeé el Estadio de San Mamés, fui al parque de Iturrizar y volví a la estación donde me había dejado M. a las 5.30. A las 7 de la mañana lloviznaba. Desayuné en el café de la estación, salí y empecé a hacer dedo en la esquina.

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Mural en alguna calle de Santander – Foto de O.

Un auto conducido por una pareja me levantó a los cinco minutos. Les dije que quería ir a Santander y me dejaron en la Repsol de la N-364. Ahí me acerqué a un par de autos a preguntar si iban hasta Santander y si tenían lugar para alcanzarme. A los 15 minutos estaba en la A-8 rumbo al departamento que habíamos reservado con O. por Airbnb. El tipo que me levantó me dejó literalmente en la puerta.

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La handy, el barco semiavión y yo – Foto de O.

Hablé con el chico que nos esperaba con las llaves, dejé mi mochila encima de la cama y salí a caminar por Santander. Al volver a la casa, cerca de las 4 de la tarde, me llegó un wapp de O. diciéndome que había conseguido que la levantaran en Toledo, que en un rato más estaría en la casa. Compré pan, tomate y una lata de atún (por menos de 3 euros) y preparé bocatas para que comiéramos. Cuando O. llegó, bajamos al casco histórico de Santander y buscamos un lugar donde comprar vino -creo que esa vez fue la que llamamos por teléfono a su ex para consultar catas de calidad. De ahí seguimos recorriendo el centro y terminamos en la playa. Queríamos llegar al Palacio de la Magdalena.

El resto de lo que hicimos hasta que nos agarró la lluvia y terminamos en una cantina comiendo hamburguesas aparece en el video:

Con Airbnb también ahorrás euros en alojamiento. Alquilar una habitación o una casa por una noche es ganar comodidad. Esa noche volvimos a la casa sin tener mapa ni saber dónde estábamos. Al día siguiente tomamos café en un bar del centro. En la mesa de al lado, dos viejitas nos miraban entusiasmadas, supongo, por nuestras mochilas. Salimos de Santander por el Barrio Pesquero y empezamos a hacer dedo. Nos levantaron unos chicos que iban a ver un partido de rugby no me acuerdo a qué pueblo y que nos tenían que dejar sobre la autopista antes de salirse. O. se dio cuenta de que habían seguido de largo y que estábamos entrando al pueblo con ellos. Tuve que pedirles que volvieran, que si nos dejaban ahí no íbamos a poder salir. Con un poco de mala onda pegaron la vuelta y nos dejaron cerca de la ruta. A los 5 o 10 minutos de tener los dedos arriba, paró un tipo con una combi, nos subimos a la parte de adelante con el y nos llevó hasta Bilbao. Nos contó que siempre vivió ahí pero que no hablaba Euskera, que a el no le gusta viajar tanto y que todas las tardes lo esperaba su mujer. La combi la usaba por laburo.

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