Ushuaia es esa ciudad que me saca la ficha.

Un signo multiforme

pasaba sin el filtro del bosque,

sin la mirada del viento.

Con la síntesis entre

encuentros y palabras

armo visiones de lo que sentí

sonidos repetitivos llegan

y no es el piano del piso de arriba.

Dos años de asfalto,

una urbanidad aprendida

el apuro impuesto.

Contacto con la calle,

la noche,

el deseo.

Música under y fiestas

tan interminables como una canción de Invisible.

Mi cabeza, un revuelo

no saber dormir si no es con alguien.

Aterrizar en la ciudad donde crecí fue apagar un horno.

Pasé dos años buscándome

afuera del principio, me veía lejos

al fin del mundo le tuve miedo

a esa vuelta, y

entonces el momento de poner

fecha de comprar

un pasaje de avión.

Después de dos años volví a esa ciudad donde jugaba a armar casas con ramas de lenga, donde diciembre atardece a las once de la noche, donde aprendí a patear la pelota contra un paredón, donde mis pies tocaron su primera cumbre, donde nunca se me habría ocurrido pensar que me gustaban las chicas.

Durante dos años sin volver me metí en ciudades como si fueran personas y en personas como si fueran ciudades. Estuve en festivales de música y recitales de poesía, ahorré para comprarme libros, crucé avenidas y calles negándome a usar el subte, usé baños públicos como si en ellos encontrara figuritas para coleccionar -casi nunca estaba en casa-, puse “feminismo” en Google y se me acumularon más de veinte pestañas con información nueva.

Me dijeron que tenía una relación a distancia, me dije que no pero seguí sin conocer las formas, sentí sin tocar el borde. Me fijé sin límite. Llegó y me dijo que estábamos en una relación. Me dije que sí. Caí. Creí olvidar lo que había leído, visto y habitado, guardé lo que quería para mí para más adelante.

Elegí no escuchar a las personas incapaces de darle una oportunidad a lo que desconocen. Quise dejar de ir a esa facultad pero cómo. La carrera estaba bien, yo estaba bien. Me habían enseñado a correr los velos pero ahora ellos querían enrejar lo que yo soy. Saqué un visado de estudiante. Me subí a un avión. Me fui a terminar la carrera a otro lado.

Seguía en-una-relación pero qué era estar en-una-relación y por qué no podía conocer a otras personas. Por qué no podía sentir-con-otras. Desencuentro. Si esto era estar en una relación, bueno, quise respirar. Lo que me había guardado para más adelante se me impuso. Lo que uno es, es ahora. Por qué nos metemos en cajas de cajitas en cajones cerrados en otras cajas.

En Google puse “amor libre”.

Me enamoré, cual cliché del viajero reciclado, de una ciudad.  Me descubrí en el ritmo de Barcelona. Lo que conocí de esa ciudad es la suma de las miradas que se metieron un rato en la mía. Ahí conocí todo lo que puedo ser cuando me doy espacio y veo el espacio que traen quienes andan por ahí.

Terminé la facultad. Leí sobre anarquismo relacional. Llegaron compañeras de viaje hasta que el reloj de arena que era mi visado se rompió. No hubo más tiempo. Forma y contenido se subieron al vuelo Barcelona-Buenos Aires conmigo. Volví a Argentina.

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La definición no es mi sentencia. En cambio, mejor proyectarse.

El movimiento es más elección que necesidad. Deambulo de vivencia en experiencia y siento como se me ocurre que es posible hacerlo mejor.

Al poco tiempo de conocernos le pregunté a Lu si tenía planes para el verano. A las semanas compramos pasajes a Ushuaia. En la conversación le dimos lugar a lo que fuera que pintara. Le dije que lo importante era sentarse en el lado derecho del avión. La respuesta al por qué la encontró en pleno aterrizaje.

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En Ushuaia, la transición Barcelona-Buenos Aires se convirtió en una incógnita resuelta. Ya sé cómo quiero querer. Los viajes me esperan como una luz intermitente que a veces se enciende y otras no.

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Reflejo.

Ante la voluntad de irse lo mejor es decir sí.

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Cerro del Medio. – Foto sacada por Mati

Sasha tiene canas. Mis viejos cambiaron la casa por dentro. El Peugeot con el que aprendí a manejar ya no está. Los domingos playa larga parece el rosedal por la cantidad de gente que estaciona su auto, pone un par de reposeras y se sienta a tomar mate. Ushuaia está más grande pero tiene el mismo cielo que me veía cuando andaba en bicicleta por los terrenos baldíos del barrio.

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Sasha en su cama natural.
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El cielo mirándome, seguro.

Toqué Ushuaia para darme envión, para recordar lo mucho que me gusta manejar en la ruta, dormirme cuando amanece y que me despierte el sol entrando por la ventana redonda de mi pieza a las 10.20 de la mañana -siempre puntual.

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Canal de Beagle desde el camino al Glaciar Le Martial – diciembre 2016, cerca de las 4am.

Toqué Ushuaia para volver a vivirla.

Se está cocinando una nueva síntesis.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. beauty flor! I wish my spanish was better, but I still love all that I did understand. ❤

    1. Floren dice:

      Chrissi! I like that u like it haha thanks for reading! Cheers crazy girl 🙂

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