A mi cuerpo no le tenía paciencia.

A la vuelta manejé yo. Nico había llenado una bandeja con mini tortas que sobraban de la mesa dulce y casi terminan estampadas contra el asiento. Se quedaba dormido al igual que Cami. El vapor que se trepa a los vidrios cual enredadera no se iba. Fui hasta mi casa agachada, pegada la nariz al volante, mirando la ruta por una mínima franja del vidrio desempañada y con plumas de cotillón en la cabeza.

Me acordé del invierno. De las veces que mi vieja se levantaba media hora antes para descongelar el auto. Calentaba agua en una pava y antes de que hirviera, en vez de preparar unos mates, salía afuera y la volcaba encima del capó y del vidrio. La nieve desaparecía al instante.

Llegamos a la casa y yo no quería dormir pero tampoco podía saltarme el tiempo. El avión de Lu aterrizaría a las 4 de la tarde. Me miré la rodilla. Hinchada. Si esa noche no había podido bailar, ¿cómo iba a hacer, ahora que empezaba el viaje, para subir una montaña todos los días? A veces no sé hablar bien con mi cuerpo. Me acosté en el sillón de abajo. Nada de escaleras, denme mucho hielo. Me quedé dormida.

Al cuerpo no siempre sé escucharlo. Cuanto más desapercibido pase, mejor. Sé que espero de el resultados inmediatos. Que no se canse, que se duerma, que aguante despierto, que corra, que pueda quedarse quieto sin hacer nada, que no se note, que haga la digestión rápido, que no tenga hambre, que tenga hambre para comer con ganas, que no se sienta mal en el colectivo, que no tenga calor, que no sienta frío, que no me joda. 

Me levanté casi pasado el mediodía. Fer hacía fuego en la parrilla móvil: una carretilla repensada para ofrecer opciones gastronómicas. El domingo se notaba en el cielo y en el olor a asado. La casa llena de amigos y familia. Armé un cartel de bienvenida, le pedí la camioneta a mi viejo y fui al aeropuerto.

De a poco me di cuenta: ahora sé que el cuerpo es el que espera cosas de mí y, entre ellas, me pide que confíe en que el se acomoda y lleva la orquesta, que sobre el cargan miles de cosas tanto mías como de afuera. Que el está ahí y de la forma que puede, que va a seguir estando para mí y para otros así lo quiera yo o no.

Ojos de visitante son ojos que van al encuentro. Podemos ser visitantes siempre, desde el primer día hasta el último. No importa si conoces las calles de memoria o si es la primera vez que agarras un mapa. Mirar una ciudad así es volver a conocerla, dejar que se cuente sola.

Ushuaia es siempre cambiante y sorpresiva. Quizás algo de ese movimiento constante se me haya pegado a los pies como un chicle que se hace notar cada vez que camino.

Cuando me lesiono veo cómo el cuerpo se ralentiza. Lo que antes hacía sin darme cuenta ahora se revela en contra y se expresa en un idioma que no entiendo y con otras exigencias.

También tengo una relación doble con mi cuerpo. Doble y volátil. Por un lado le exijo pero por otro, o al menos hoy, sé agradecerlo, sé mirarlo. Sé todo lo que pude hacer gracias a el. Todo lo que viví gracias a estar inserta en el. Sé que pasamos por muchas y hoy veo mi cuerpo y me gusta y hoy veo mi cuerpo y le digo gracias por tanto. Sé que no es fácil ser mina y decir eso. O que sentirse segura al decir eso a veces es tan frágil como la cáscara de un huevo crudo.

De correr me gusta la sensación de mezclarme con el espacio y no estar en ningún lado concreto. Corro para no sentir nada, para irme. Cuando estoy lesionada no puedo irme porque el cuerpo duele. Pasa a mandar la rodilla o el talón o lo que sea que se haya lesionado.

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La clave está en saber que el cuerpo también soy yo.

Llegó Lu y la sensación de que iba a estar todo bien se hizo real. La rodilla no dijo nada esa tarde. No lo sabía pero en este viaje empecé a aprender un poco más sobre otro tipo de escucha. Que cuerpo y movimiento forman una banda de música under que debería estar explotando a nivel mundial. De forma inesperada, mi cuerpo y yo encajamos en ese ritmo como si fuéramos piezas de Lego.

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