Comimos centolla en la orilla del Canal Beagle.

Fueron días de átomo. El olor a vestuario presente todas las mañanas. No lo intenten en sus casas: con borcegos nuevos y pesados no hay que bajar un cerro corriendo ni hacer de guía de montaña.

Lu me hizo osteopatía. Tuvo un efecto casi inmediato: el cuerpo responde. Hay un encuentro con los estímulos propios, el movimiento real. Hay un flujo que es parecido al silencio, está ahí.

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Botes marineros en el Canal Beagle.

Rearmé el orden de prioridades. En este viaje me hice consciente del cuerpo. Su importancia solo se mide por el tamaño que yo le doy. Vamos a caminar pero no hace falta salir corriendo. Podemos subirnos al auto, poner música y mirar para afuera mientras se habla desde adentro. Todo es un gran giro.

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Redes de pesca en Puerto Almanza.

Fuimos a Puerto Almanza. La ruta J nos dejó en La Sirena y El Capitán. Compramos cerveza Beagle y pedimos empanadas de centolla. Yo no me acordaba del sabor y Lu nunca las había probado. Nos sentamos en la orilla del Canal y con la gopro filmamos el éxtasis:

Si todavía no íbamos a ir a la montaña a caminar, si mejor era darle tiempo a mi rodilla, poner música y conocer los valles manejando el auto, podíamos hacer de visitantes y probar centolla. En la isla hay planes para todos los gustos.

En Ushuaia pedir centolla para comer es pedir un plato turista, a precio turista, con ritual turista. La primera vez que probé una fuera de una cazuela de mariscos fue con Jeff, uno de los últimos días de su viaje por el sur. Lo llevé al centro. El lugar da a la av. San Martín y tiene una pileta enorme donde hay cinco o más cangrejos mutantes que podes elegir para comer. Lo hierven en el momento y te lo llevan a la mesa con todo el caparazón intacto. Te alcanzan unas tijeras y fijate cómo lo comes.

La otra manera que conozco de probar centolla es ya teniéndola “desarmada” y usando la carne para rellenos o para sumarle al sorteo de mariscos de una cazuela. De la forma que sea, creo que es lo más rico que comí en la vida.

Volvimos al auto y descubrimos la ruta K. Bordea la costa en dirección a Ushuaia pero el camino no tiene más de 8km. Llegar a esta punta fue una introducción al tiempo en la isla y los cambios de color en las montañas y el cielo.

Siempre me impresiona pensar que detrás de las montañas de Navarino se asoma La Antártida, que miles de turistas, desde cualquier parte del mundo, vengan a esta orilla a tomar impulso y tocar un punto inhóspito de la tierra.

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Frente a Isla Navarino.

Se hicieron las seis de la tarde y quisimos ver si podíamos entrar a Estancia Harberton. Llegamos con el auto, a unos metros de la casa hay un museo que tiene el esqueleto de una ballena franca austral frente a la entrada. No pudimos avanzar más por que estaba cerrado. De una garita salió una chica a informarnos el precio de la entrada y los horarios para la “próxima vez”. Dimos la vuelta y volvimos a Ushuaia.

 

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