Seguimos las huellas de un castor.

El cuerpo ya tiene otro ritmo que empieza a notarse. La noche no nos da otro tiempo que el de dormir. Un orden diferente para otro espacio entre juegos nuevos. Viajar con alguien es acercarse a alguien que viaja. No se comparte un viaje, se comparten dos experiencias distintas de transitar. Lo que tenemos en común son los puntos de encuentro.

Antes del viaje ya supe que conectábamos muy bien. El bosque me limpia las preguntas que nunca tuve. Es preventivo y todo encaja. Tengo un certificado de permanencia en el cambio.

Almorzamos tarde. Comimos truchas que sobraban de la noche anterior, cocinadas por mi viejo (uno de sus platos-puerta-a-otra-dimensión). Queríamos encontrar un refugio de montaña que al parecer siempre estuvo ahí y yo ni registro. Me habían dicho que estaba a dos horas de la ruta. Llevamos la carpa y las mochilas como anticipo del peso que luego cargaríamos en el resto del viaje.

Compramos vino y roquefort antes de salir de la ciudad. Estacionamos el auto en la ruta, lo cerré con llave y hasta mañana. Entramos al bosque cerca de las 6 de la tarde.

Redescubrí el turbal con los ojos de Lu: es un suelo alienígena.

El refugio tardó en aparecer. Llegamos cuando oscurecía, abrimos la puerta con un aire de película de terror y vimos que estaba vacío, todo para nosotras. La carpa quedaría en las mochilas, de pura facha.

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Refugio o casa transitoria para viajeros itinerantes que aman el frío austral. 

Había una salamandra pero muy poca madera. La lluvia tampoco facilitaba el préstamo casual de la naturaleza. En el refugio había libros escritos en francés, alemán e inglés; mapas con senderos marcados, cuadernos de visitas, escobas y baldes, bolsas de azúcar vieja y cacerolas de higiene sospechosa.

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Abrimos el vino y cortamos queso. Leímos algunos mensajes del cuaderno de firmas y decidimos que el libro a sacrificar sería el diccionario de alemán-español. Las maderas tardaron en prenderse pero después de dos o tres intentos pudimos quedar hipnotizadas mirando el fuego.

La forma en la que nos abrigamos evidenció el frío que hizo esa noche:

1er nivel: la capucha de mi buzo cubrió mi cabeza.

2do nivel: me puse un gorro encima de la capucha del buzo que cubría mi cabeza.

3er nivel: puse la capucha de mi campera de nieve por encima del gorro que cubría la capucha de mi buzo que cubría mi cabeza.

Para dormir abrimos las bolsas encima de los aislantes, nos quitamos las camperas y los pantalones y nos metimos.

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Calentamos agua para mates que nos devolvieran a la vida. 
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Primer intento mañanero de encender el fuego.

Despertamos entre paredes frías del refugio y con la salamandra, obviamente, apagada. A Lu le habían hablado de la laguna Esmeralda y quería conocerla. Yo supuse que podíamos llegar desde el refugio saliendo temprano, que si nos cruzábamos de una montaña a otra, bordeando el valle, de un momento a otro la laguna aparecería.

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El frío. 

Salimos a probar.

No había huellas pero empecé a ver marcas blancas y amarillas en algunas ramas. Entre marca y marca había un buen tramo de camino sorteado al azar. Amanecía y algo de luz se asomaba desde las montañas. Seguimos caminando. Si se complicaba, se podía volver.

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A simple vista podemos llegar a pensar que la pendiente de una montaña es una línea recta ascendente. Desde lejos puede que se vea así. Pero caminando, metiéndote en ella, notás los altibajos del relieve. Notás cómo tu cuerpo sube y baja de manera constante mientras asciende. Yo esperaba divisar la laguna después de dos o tres de esos “desniveles”. Los pasamos y no hubo nada. Comenzamos la siguiente ascensión. Llegamos al plano sin laguna a la vista. Todo era un turbal enorme rodeado de árboles y contenido por las paredes de dos cerros. Empecé a preguntarme si realmente sabía a dónde íbamos.

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Pasamos un turbal rodeándolo por el costado. Nos adentramos en el bosque y al salir de ahí hubo otro turbal. La idea era cruzarlo pero qué habría después? Estábamos metiéndonos en el corazón de un valle sin salida más que el paso de una montaña a otra, cosa que queríamos evitar.

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Las marcas blancas y amarillas también habían quedado atrás con el primer turbal. Lo que veíamos eran unas huellas marcando un camino entre la turba y el bosque. Lo seguimos.

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Mordida de castor o un hacha natural. Clase 1.

Le mostré a Lu lo que genera un castor suelto en el bosque de un hábitat que en realidad le es extraño. Los castores no son nativos de Tierra del Fuego, fueron introducidos desde Canadá. En donde estábamos caminando había restos de una castorera y árboles mordidos.  Los castores se adaptaron al sur a su manera. El gobierno los considera una plaga y y paga por cola de castor, es decir, fomenta la caza. En su hábitat natural, en cambio, en vez de dañar el ecosistema, lo hacen más saludable: los diques de castor evitan inundaciones y hasta facilitan la eliminación de contaminantes del agua.

Del castor había evidencia por todos lados: el humedal, el suelo aplastado, las canaletas… Los castores no talan árboles, son ingenieros. Al estar hablando de ellos caí en la cuenta de que lo que estábamos siguiendo eran huellas de castor y que estas no nos llevaban a otro lugar que no fuera un árbol masticado. De ahí las vueltas que estábamos dando, la sensación de estar alejándonos cada vez más de la laguna que no aparecía, lo inhóspito de un silencio absoluto en el cañadón.

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Lo vimos con claridad. Mejor volver y probar ir a laguna Esmeralda por el camino tradicional: el que empieza en Tierra Mayor desde el Valle de Los Lobos.

Volvimos sobre nuestros pasos. Lo importante ahora era divisar la ruta y, mejor todavía, encontrarnos con el refugio donde habíamos despertado ese día. Paramos a almorzar frente al valle, de cara a la ruta N3. Elegimos como spot uno de esos planos que sirven de descanso en el ascenso. Nos sentamos en el borde y al asomarnos vimos el techo del refugio. Ya podíamos comer tranquilas.

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Almuerzo promedio de montaña: atún y sopa.
Almuerzo frente al Valle de Tierra Mayor
Comimos viendo el valle.

Sorpresas-del-fin-del-mundo,encontramos señal en medio de la montaña. Sacamos fotos para compartir por wapp y en las historias de instagram. Comimos y volvimos a cruzar el valle. Cuando llegamos al refugio nos cruzamos con un grupo de 6 o 7 extranjeros guiados por dos chicos. Dijimos hola pero nadie respondió.

Cruzamos el río con las maderas del día anterior y llegamos a la ruta. Metimos todo en el auto y entramos a Ushuaia cerca de las cinco de la tarde. Nos pegamos un baño bien largo y nos quedamos dormidas automáticamente.

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Mochilas en el auto.

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