Los viajes adentro de un viaje.

Todos los espacios están en nuestros pies. Tomamos un camino que nos lleva a lo que no habíamos visto antes. Salimos de Ushuaia para tocar otra sintonía. Dejamos la ciudad a las siete de la mañana. Me quedo dormida.

Este viaje me muestra como cuando era chiquita. Lo único que importa es ser uno-en-el-bosque. Uno en el viento, soy el frío y la montaña y el sol mientras sale. Están por ser las diez de la mañana y el acompañante del conductor nos trajo yerba para el mate. El agua en el termo seguía caliente. Entonces desperté.

Siento que a Lu le pasa igual. El movimiento envuelve.

-Che, el cartel de ahí dice que miel no se puede pasar

-Y cómo van a saber que tienen miel?

-Comamos acá, antes de pasar, por las dudas.

Desayunamos barritas de cereal que habíamos hecho en Ushuaia. En el colectivo se habían convertido en una mezcla de miel, granola y coco rallado envuelto en film. Para el mediodía, antes de pasar por la aduana de Chile, almorzamos una tarta que habíamos hecho la noche anterior. Los gringos se tragaban pancitos con jamón crudo, salames y no sé qué otras cosas más. Todo a la vez se mandaban. Una carrera por ver quién se limpiaba las manos primero.

Cruzamos el estrecho de Magallanes y llegamos a Punta Arenas con el cielo nublado de siempre. Fuimos al hostel y nos cambiaron de habitación por una gotera. Fuimos a una diez veces mejor: cama doble y alta, baño privado, ventana en el techo para verlo todo. Cocinamos fideos con nuestra cocinita a gas en el baño porque la cocina del hostel solo servía para hacer huevos revueltos a la mañana. Nos acostamos. En Punta Arenas nos quedamos una noche por la zona franca. Teníamos que conseguir una carpa antes de llegar a Puerto Natales.

Nos levantamos temprano y tomamos un taxi-colectivo. A los pasajeros que iban con nosotras los dejaron en el mall. Nosotras, además de carpa nueva, queríamos un par de guantes cada una y otras cosas según una lista improvisada que habíamos hecho para no olvidar lo importante. Si bien no íbamos al mall, las galerías de la zona franca son muy parecidas. No aguanto encerrada en lugares así mucho tiempo y por suerte Lu tampoco. Compramos, almorzamos algo rápido ahí y nos fuimos.

A la carpa la bautizamos: Olivia fue mi primera inversión de persona adulta que aspira a tener un hogar.

Si tener techo propio es crecer, entonces mi hogar será móvil.

El taxi compartido de la vuelta casi nos choca contra un colectivo. Lo vi muy cerca de mi lado. Volvimos al hostel a acomodar las mochilas y distribuir el peso nuevo que íbamos a cargar. Salimos e hicimos tiempo en la terminal leyendo el libro de Goethe que tenía Lu. A las 19hs subimos al colectivo y llegamos a Puerto Natales cerca de las 11 de la noche. Llovía. Paramos en un hostel bien hippie, bien como los que preferimos. Tuvimos una cucheta para cada una, habitación compartida.

Al día siguiente nos levantamos como si fuéramos a rendir un examen. El modo único de aprobar: arreglar una reserva en los campamentos de Vértice, una de las dos agencias privadas, avaladas por CONAF, que tienen campamentos y refugios en el Parque Nacional Torres del Paine. Esos detalles los dejo para la próxima entrada en la que voy a contar y compartir hacks sobre lo que implica organizar el Circuito O de Torres del Paine.

Llegamos a las oficinas de Vértice a las nueve y media. 15 minutos después estábamos afuera con la firma de un tipo que servía para confirmar un cambio de fecha en las reservas. Todo fluye, demasiada simplicidad en las cosas cuando nos ocupamos a tiempo.

Festejamos con cerveza Austral y una pizza de camarones nunca antes vista. Si en nuestros pies tenemos todos los lugares solo hay que moverse hasta llegar a ellos. De la nada terminamos frente a un muelle que sale en todas las fotos turísticas de Puerto Natales.

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Volvimos al hostel a preparar las mochilas para, por fin, meternos en la montaña durante ocho días completos. Empezamos a ver que muchos de los que estaban ahí miraban preocupados los papeles y hablaban de cambios de fecha, de reacomodar sus itinerarios. No entendíamos qué pasaba hasta que un chico entró sin anestesia y tiró: “por el mal tiempo están cerrando los caminos”.

-vamos hasta el parque y estando ahí vemos qué se puede hacer

-obvio – dije, porque no había otra.

Me pasé a la cucheta con Lu. Si me quedaba en mi cama no había chances de que me durmiera. Esperé levantarme con un solazo encima tamaño crucero mediterráneo. La cabeza puede ganarle a lo que el cuerpo aprende por experiencia. ¿Todo se da cuando tiene que darse? Las reservas ya estaban hechas. El pasaje de colectivo al parque ya lo teníamos.

Nos levantamos a las 6.15 de la mañana. A las 9.30 estábamos haciendo la fila en la entrada al parque. Todos estaban en la misma que nosotras. Una nube gris espumosa cubría todos los km cuadrados del parque. El resto del techo de la estepa chilena estaba abierto o al menos mostraba algo de cielo turquesa. El único camino abierto era el que iba al campamento Serón. Teníamos reserva en ese para la primera noche. Gol. El resto se vería al día siguiente. Ahora podíamos caminar.

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