La piel eufórica – Día III en Torres del Paine.

Que uno tiene mejor ritmo cuando recién empieza, es un mito. Lo más tangible del tercer día fue la agilidad.

El cielo nublado replicaba el efecto cápsula del domo. Calentamos agua para desayunar, arreglamos las mochilas y salimos del campo de hielo Sur. Del campamento Dickson al refugio Los Perros hay cerca de 10km de distancia que se recorren por medio de un bosque húmedo de lengas y puentes colgantes. Alcanzamos el mirador Valle de Los Perros con el cielo todavía nublado pero sin lluvia.

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Los carteles en Torres del Paine me confundían. Es interesante cómo nos acostumbramos a una lógica de lectura. Las indicaciones que están entre Serón y El Paso no se leen de izquierda a derecha, al modo occidental, sino de derecha a izquierda, como verán en la foto de recién. Solo en el frente del Parque, en lo que corresponde al circuito W, se leen como leimos toda la vida. Volvimos a entrar al bosque y salimos unos minutos después de almorzar al costado del río Los Perros.

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Nos encontramos en un claro que nos acercaba al glaciar Los Perros. En los últimos 20 años tuvo el mayor retroceso de los que hay en el parque y cuelga de la pared de una montaña. De golpe salió el sol y teníamos puestas las camperas por la lluvia. Todo ocurría a la vez. Los últimos pasos los dimos casi volando. Parecía que de la nada estábamos frente al glaciar pero a la vez tengo imágenes de cada uno de los pasos que di en las rocas mojadas, de los árboles bebés de menos de un metro de altura quietos a nuestro costado y los reflejos del sol en la cara. El todo y el detalle.

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Mi cuerpo se convirtió en piel eufórica. Sentí energía suficiente como para salir corriendo y llegar al final del circuito en un solo día.

Llegamos al Refugio Los Perros temprano, en comparación con la llegada de los otros dos días -después de las seis de la tarde. Elegimos un lugar alejado para armar a Olivia – la carpa- y pasamos la tarde descansando un poco.

Los Perros fue uno de los spots más ventosos. Para calentar agua o cocinar ya no había un domo común sino un refugio de madera en construcción, con ventanas de nylon y una puerta que se trababa con un sistema de hilos. Durante la noche golpeé la pared de la carpa bastante seguido. El ruido sugestionaba pumas, ratones en la mochila y hasta un hombre de las nieves ofreciendo helados de limón.

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